¿Para qué se lee, por qué se lee, cómo se lee?

Es cierto: la globalización ha afectado los procesos de lectura. El debate actual sobre las industrias editoriales gira en torno a cómo éstas se entregan a grandes holdings; a la imposición de bestsellers y la literatura de autoayuda; a la competencia iconosfera (el universo de imágenes), y al “peligro” que representan para el mundo lector otros lenguajes narrativos, como el cine, el cómic o la fotografía.

Pero comparar, por ejemplo, la cultura fílmica con la cultura literaria resulta inútil, ya que son materialidades distintas. Entonces, ¿qué podemos obtener de la lectura? Leer nos permite realizar, al igual que un viaje, una contemplación subjetiva de realidades ajenas, y adentrarnos en ellas; nos ayuda a generar empatía y dudas, a cuestionar, a reinventarnos, y un largo etcétera. Como señaló Monsiváis, frente a un libro hay una pérdida legítima de identidad durante un tiempo de hechizamiento, porque, por un momento, el autor nos presta su visión del mundo.

Sin ella no sería posible una articulación social. Sin embargo, en cualquier sociedad, sólo una minoría lee. Sigue sin haber un hábito familiar y social de lectura. En cambio, nos enfrentamos a una “catástrofe educativa” que no logra un interés auténtico por leer. Ese supuesto impulso a la lectura falla. Y falla mucho. ¿Cómo transmitir algo que no se posee?

Otra cuestión: existen demasiados motivos para que muchas personas —la gran mayoría— no lean: la deserción sistemática de quienes se ven obligados a buscar un empleo, la distorsión de las dificultades de la literatura (creer que no cualquiera puede entender un libro), la disminución de recursos a las escuelas públicas y el aumento de la población escolar, y la asociación del acto de leer al aburrimiento son sólo algunos de ellos.

Muchos de los estudios realizados sobre este fenómeno están guiados por la descontextualización y el clasismo. Es ignorante pensar que una persona que lee es superior a una que no lo hace. Evidentemente, las personas favorecidas por su posición económica, social y política, gozan de un “privilegio óptico”. Suena muy bien la idea de impulsar el hábito que considere productivo el gasto económico en un objeto de conocimiento, es decir, el libro. Pero, ¿cuántas personas pueden hacerlo?

No me malentiendan. Para mí, la lectura es y será la forma narrativa más genuina y vital. No busco desdeñarla. He escogido los libros y la palabra escrita. Todos los días se debe hacer algo por la erradicación o reducción de los obstáculos que impiden que algunos desarrollen el gusto por la lectura.

Pero seamos honestos: leer no nos hace superiores a nadie. No nos ofendamos o burlemos si alguien no sabe quiénes fueron Goethe, Alejandra Pizarnik, Borges, Idea Vilariño, o quiénes son Isabel Allende, Houellebecq, Elvira Sastre; o si no ha leído Madame Bovary, Ulises, La señora Dalloway, Ana Karenina. Dejemos a un lado el complejo de superioridad moral e intelectual frente a quienes no leen.

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